Tres huellas faciales, suspendidas en una red de cuerdas, son un intento de retener la presencia de una persona que se desvanece en sus propios pensamientos, vínculos y búsquedas de identidad. Cada rostro es a la vez retrato y desaparición, manifestación y represión. Las cuerdas se convierten en metáfora del enredo interior: aquello que ata, retiene y limita, pero también da forma y preserva.
Una de las huellas fue creada durante la performance de inauguración de la exposición.